El conocimiento tiene un aspecto doble, adquirido e innato. Pero en los dos casos, se trata de nacer con él y de vivir. En cuanto falta la vivencia, se vuelve al dominio del saber, abandonando el del conocimiento. No solo se llega a ser incapaz de cualquier conexión con el aspecto innato del conocimiento, sino que tampoco se consigue hacer emerger el conocimiento del saber: lo adquirido en sí mismo se convierte en vacío e ilusorio.
La séptima joya nos dice que el conocimiento no depende solamente del santuario de la cabeza. Los otros dos santuarios, el del corazón y el del vientre, participan activamente en la impregnación cognitiva. No solo se sabe, se tiene el sentimiento y la sensación de lo que se aprehende. El conocimiento es un impulso de vida experimentado en el conjunto de los santuarios interiores. Es vivido y concreto.
Nos ocurre a menudo que creemos conocer, cuando tan solo sabemos.
Ésto es así porque la joya del conocimiento perfecto requiere ser meditada profundamente. Solo se conoce lo que toca profundamente.
Por ejemplo, todos sabemos que vamos a morir y cual será nuestra última morada. Sabemos que ignoramos la hora y el día del fallecimiento. ¿Pero nos comportamos con conocimiento de causa? No, porque la verdad de nuestra muerte queda todavía por morir. No obstante, si conocemos nuestra naturaleza mortal, encontraremos pronto los recursos necesarios para el cumplimiento de la vía:

Original de Jean-Luc Colnot.
Traducción de Francisco Hidalgo Salado en Axis.
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