La joya de la escucha puede interpretarse equivocadamente. Necesariamente, debe diferenciarse también, de una regla sectaria que consistiría en privarnos de pensamiento crítico. No hay nada de ello en la joya de la escucha. Cada uno puede tener profundas convicciones. No obstante, para comprender a quien habla, es menester empezar apartando los prejuicios y opiniones propios. Mejor buscar la verdad, antes que una confirmación de los puntos de vista propios; tal es la actitud desarrollada por la cuarta joya.

Nos hemos vuelto sordos y ciegos. Durante todo este tiempo, no hemos escuchado. Todos los filtros que hemos interpuesto son otros tantos aislantes acústicos y la única voz que hemos escuchado, es la nuestra. Todo ha sido leído, interpretado, disecado, pervertido y amputado de acuerdo a nuestros propios moldes. Lo reducimos todo a la medida de nuestras opiniones. Entretanto, los maestros zen recuerdan que solo alcanza lo último aquel que no ama las opiniones. Y Jacob Boehme confirma que “El Reino de Dios no está en ninguna opinión” (Tratado de la Regeneración).
La cuarta joya es además una verdad simple. No se puede escuchar cuando nuestro espíritu está haciendo demasiado ruido, “Cállate y te enseñaré la Sabiduría”, podemos leer en el Libro de Job. Esta joya es muy importante cuando se está en la perspectiva de una transmisión oral. Porque el contacto oral no transmite simplemente un saber. También el Ser participa. Si hay Presencia, este contacto puede adquirir un poder transfigurador de gran potencia.

Esta conexión particular es la base de toda transmisión verdadera. Sin la cual, se hace difícil hablar de enseñanza espiritual. Y nadie que no haya dejado a un lado prejuicios y opiniones, puede ser admitido en este proceso. ¿Será la Escucha la puerta de la Gracia?
“Si quieres comprender esta luz, no la compares con nada que conozcas” (Louis-Claude de Saint Martin).
Original de Jean-Luc Colnot.
Traducido por Francisco Hidalgo en Axis.
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